‘Raza de Caín, sube hasta el Cielo

¡Y arroja a Dios sobre la Tierra!’

martes, octubre 23

Un hallazgo entre los árboles

El sitio me parece agradable, sin embargo, no puedo evitar sentir un escalofrío recorrer mi cuerpo. Acabo de llegar ayer y ya hoy he debido dar mi primera clase, me asombra la timidez de estos niños, pero más me asombró la reacción de unos ancianos del lugar al verme en la estación ayer. Interrogan sobre mi procedencia y mis parentescos.
Los niños murmuran cosas sobre una leyenda local, acerca de la muerte de una mujer, a quien según ellos me parezco.
Cosas de provincianos. Pero aún así, me siento contenta, al fin puedo ejercer como maestra y he dejado aquella ciudad que me tuvo cautiva más de de veinte años, casi toda mi vida.
Al fin llego cerca de ese extraño edificio negro, semejante a un castillo, que se divisa desde la ventana de mi cuarto en mi pequeña casa.
El bosque de avellanos es hermoso, extrañamente oscuro pero encantador y atemorizante. Un pequeño bulto llama mi atención entre las particulares hojas, un sonido peculiar ¿respiración? Me acerco sigilosa y de pronto me encuentro con un bulto peludo que se mueve pesadamente, me fijo y es el cuerpo negro de un gatito... voy a tomarlo, el pobre está muy mal.
Me agacho e intento acariciarlo ¿estará enfermo? Cuando voy a tocarlo, con sus minimas fuerzas intenta protegerse, me da un rasguño bastante fuerte en mi mano derecha.
Intenta correr pero no alcanza a dar unos pasos y cae, nuevamente su dolorosa posición. Me mira casi con rencor, sus ojos centellean como dos esmeraldas encendidas; no puedo evitar apiadarme de él.
Lentamente entono una melodía, al parecer mi voz lo relaja, comiezo a acercarme mientras alzo la voz y comienzo a entonar la letra de aquel viejo vals francés. El minino al final accede a que me acerque, quizás extenuado por su dolor, permite que lo levante. Siento su menudo cuerpito entre mis manos, tiene unas costillas rotas, un sonido gutural de dolor me congela el alma
-¿Que bestia pudo hacerte esto, gatito?- una rabia inmensa me atraviesa al pensar en el culpable. Decido llevarlo a casa para curarlo y, de paso, tener a alguien en quien volcar mis cuidados.
Un escalofrío más grande me recorre, me vuelvo, ahí está aquella fortaleza tan antigua, toda oscura, algo en ella me asusta y salgo corriendo con el gato entre mis brazos, el animalito lame la sangre que brota desde la herida que el mismo provocara y casi me parece oir un timido maullido.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

OHHHHHHH QUE LINDOOO QUE SUAVE, que delicado, es tan descriptivo y amoroso cada capítulo, me encanta y me da una esperanza, será Lester??

alegria de niña dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.