Cuando la diosa se retira siento una nostalgia abrumadora... por algún motivo tuerzo el camino hacia mi casa y me dirijo al lugar donde conocí a mi mujer, hace tantos siglos. Máscara en mano, tal como lo prometí hasta el día de volver a verla.
El otro guardián está ausente y el maldito gato debe estar disfrutando de los dulces cuidados de la tierna mujer que ocupa mis pensamientos.
El rumor de mi sangre grita en este lugar y el deseo por la sangre es incontrolable. Sable en mano, no es difìcil encontrar alimañas que desangrar, todos los otros seres son presentes para la diosa, solamente las ratas se nos permiten... es el precio por perder Elizabeth aquella vez.
Cazo unas cuantas y lleno el caliz de plata que otrora fuera la copa nupcial con la damisela azul. Brindo, evocando su dulce figura, sus larguísimos rizos que casi podían reemplazar una capa, todos cubiertos de flores que la mismísima diosa acicaló para ella... el día que la desposé, hasta que la muerte nos separara, y así lo hizo, una vez nos separó, pero fuimos felices... pero no nos volvimos a unir... bebo un sorbo de la sangre antes de coagule, sigo en mis pensamientos... aquella vez apareció un obstáculo, un canalla arrogante que confundió sus pensamientos, que a punta de estupideces llamó su atención, y como su espíritu bondadoso siempre se ha sentido inclinado por las bestias en desprotección, y se duele y compadece de las sabandijas que se defienden solas... Lástima, eso es lo que ella sintió por él... lástima, tal como con el gato roñoso del guardián, necesidad de proteger y curar un alma torturada...
No siento los pasos, tan absorto me encuentro... solamente escucho una voz que hace alusión a mi cacería... pero esa voz ¿acaso el otro guardían....?
- ¿Llevas tu máscara?- pregunto seco
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domingo, noviembre 11
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